Por Consuelo Goeppinger
La diseñadora Manuela Iribarren nunca imaginó que el pequeño emprendimiento de pickles que fundó junto a su hermano hace 14 años terminaría convertido en un exitoso restaurante. Mucho menos que recibiría a más de 5.600 comensales al mes a punta de sanguchitos, completos y noches de bingo protagonizados por los fermentos con los que comenzó esta historia.
Barra de Pickles en Ñuñoa, a pasos del Metro Irarrázaval, funciona como una fuente de soda moderna: con maestros plancheros trabajando detrás de la barra, muros cubiertos de azulejos y una carta que ofrece desde Sánguches de malaya hasta Pichangas, además de cañitas de cerveza y cocktails, con precios entre los $6.000 y $10.000. Todo elaborado con ingredientes de calidad y acompañado con los encurtidos de la casa, como pepinillos dulces, cebolla morada o piña con ají, entre otros.



“Partimos vendiéndole a amigos y ferias, y el proyecto fue creciendo de forma orgánica”, cuenta Manuela, quien hoy está presente con sus conservas By María en decenas de restaurantes y góndolas de supermercados. “Por eso decidimos abrir un espacio donde la gente pudiera probar nuestros productos y entender cómo funcionan en distintas preparaciones”, agrega.
Así en 2020 abrieron Barra de Pickles en Factoría Franklin, más como un showroom de los encurtidos que un restaurante propiamente tal, aunque rápidamente encontró un público fiel a su propuesta de platitos fríos en base a fermentos. Y a comienzos de 2025 se trasladaron a su ubicación actual, frente al Parque Bustamante: un espacio de más de 200 m2 con barra, cocina a la vista, terraza y capacidad para 120 comensales.

Al principio, la gente iba por platos como la Lengua ahumada con mostaza crocante, los Chicharrones de pescado con salsa tártara –uno de los hits de la carta– y los sánguches en marraqueta de Arrollado de malaya o Berenjenas asadas. Pero con el tiempo, el espacio se fue transformando en un punto de encuentro. “La gente vuelve, se queda, conversa”, dice Manuela, quien también es la encargada de organizar la ajetreada agenda de actividades del local, de lunes a domingo: parte de la columna vertebral de Barra de Pickles. Hay catas de vino, djs en vivo, pop ups gastronómicos, campeonatos de cacho y más, que convocan a distintos públicos y nichos. ¿Los días más concurridos? Por lejos, los días viernes, cuando realizan las animadas «Noches Amargas», en las que se juega bingo –y se llenan–.
Además de buena cocina –»los completos son, por lejos, los más pedidos», cuenta Manuela–, en Barra de Pickles hay buena coctelería: una carta sencilla de inspiración clásica, en la que conviven el vermouth de la casa y recetas como Manhattan y Negroni.


Barra de Pickles hoy es mucho más que un lugar donde venden encurtidos. “Es una fuente de soda, un espacio cultural, un centro barrial, un club social. Todo eso convive acá”, resume Manuela.
Barra de Pickles. San Eugenio 40, Ñuñoa. Martes a jueves de 12 a 24 horas, viernes y sábado de 12 a 01 am, domingo de 12 a 18 horas. Más información en su IG @barradepickles.


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