Por Consuelo Goeppinger
Cristóbal Cox cambió las corbatas por los mandiles. Ingeniero comercial de profesión durante doce años, antes de renunciar a su antiguo trabajo de oficina se transformó en cocinero autodidacta: hizo decenas de cursos de panadería, cientos de tutoriales de Youtube, innumerables pruebas fallidas y, hace ocho meses, llevó su pasión al siguiente nivel, cuando abrió Patonejo.
En la esquina de Villaseca con Simón Bolivar, donde pasan más autos que personas caminando, se trata de un local pequeño –de solo 40 metros cuadrados, fachada diminuta y un par de bancas en la solera– con panadería y bollería de calidad, más café de especialidad. En otras palabras, una bakery-café, de barrio y al paso, que está dando que hablar por su propuesta en forma de croissants crujientes, medialunas rellenas, danesas impecables y un esponjoso pan brioche, que está entre los mejores de Santiago.

“Primero pensé en una dark kitchen”, cuenta Cristóbal. Pero le picaba el bichito de tener algo propio, con contacto real con la gente y atendido por él mismo.
Junto a su pareja, la diseñadora Varsha Ashok, se demoraron seis meses en encontrar el local. Y aunque Cristóbal partió soñando con una carta amplia, con pizzas, sánguches y milanesas, el tamaño del espacio lo obligó a aterrizar la idea: se especializaría en bollería de inspiración argentina y panadería japonesa.


Hoy, su vitrina atrae a vecinos y otros que peregrinan desde lejos por Galletas de chocolate y caramelo salado, Alfajores, Pasteles de frutas que cambian con la estación, Rollitos de canela, Queques y más. Todo elaborado a diario y de manera artesanal.
En Patonejo no hay maquinaria de última generación ni hornos rotativos. Todo se hace a pulso, desde las cinco de la mañana. “Usamos elementos muy precarios, nuestra laminadora es manual y tenemos hornos de convección súper básicos, y aun así, con todas esas limitantes, logramos tener un muy buen producto”.
Al principio, Cristóbal lo hacía todo junto a dos personas: hornear, atender, servir café y limpiar. “Llegaba a las seis y salía a las ocho de la noche, todos los días. Pero el boca a boca empezó a funcionar, y ahora ya somos un equipo de diez”.


Además de los Croissants rellenos de crema de pistacho ($3.490), con un toque de pasta de naranja, que le aporta sabor y aroma; la estrella de la casa es su pan Hokkaido ($4.590): una suerte de brioche al estilo japonés, elaborado con huevos, mantequilla y leche, que a diferencia de su símil francés, tiene una textura suave como una nube. Aireado, elástico y liviano, en formato molde o bollo, es perfecto para preparar sánguches, tostadas francesas o comer así no más, tostado con mantequilla.
Todo se puede acompañar con capuccinos y flat whites con granos de tostadores locales y ojo, que pronto esperan lanzar su carta de Sandos o sándwiches japoneses.
Patonejo. Villaseca 439, Ñuñoa. Martes a viernes de 08:30 a 20 horas, sábado de 09:30 a 19 horas. Más información en su Instagram @patonejo.cl.


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