Por Cote Vilches
Más de medio siglo tiene El Rancho Cunaquino, una cantina-restaurante ubicada en la localidad de Cunaco, a unos ocho kilómetros de Santa Cruz, donde se criaron mis abuelos Peñaloza. Se trata de un negocio familiar, con capacidad para 35 personas, donde se ofrece un menú diario por 8.000 pesos, famoso entre oriundos del Valle de Colchagua y forasteros bien dateados.
La comida aquí es casera, abundante y con la esencia de la cuchara chilena, en la que —por lo bajo— se sirven dos platos fuertes por persona, invitando a desabrocharse el cinturón y afilarse los dientes.
“Hay que venir sin tomar desayuno”, bromea Richard (52), el hijo menor del matrimonio González Ibarra, que a inicios de los setenta comenzó a darle vida a esta casona, en la esquina de la avenida principal y el callejón que lleva hacia El Huape. “Mis papás compraron esta propiedad y, desde que tengo uso de razón, el negocio ha estado aquí. Mi mamá, Silvia, preparaba almuerzos y daba pensión a los profesores de la Escuela de Hombres y la Escuela de Mujeres de Cunaco”, recuerda.






Richard, que desde 2017 se hizo cargo del negocio, describe las porciones como “generosas”, partiendo por el menú de cuatro tiempos por 8.000 pesos: entrada, primer plato, segundo plato y postre. Antes de cada comida, se recibe a los comensales con cebolla en escabeche, aceitunas, pan, mayonesa y pebre. “Mucha gente viene por la cantidad y la relación precio-calidad. La comida es tan abundante que a veces piden un menú y un entrante extra para compartir entre dos”, comenta.
El menú diario de El Rancho Cunaquino, que cambia de martes a domingo, celebra los sabores de cada temporada. Las entradas incluyen platillos como queso fresco con ensalada que llega bien aliñada a la mesa, lengua fría con mayonesa, y arrollado de malaya o de pernil hecho en casa. “En verano también hacemos tomates rellenos, pero solo cuando el tiempo y el tomate lo permiten”, explica Richard.
En los platos principales, la tradición huasa se hace notar: el almuerzo es combustible para la jornada laboral de la tarde en el campo. Siempre hay una sopa, en referencia a los almuerzos de mesa rural, seguida de una proteína con acompañamiento. Los fondos pueden incluir garbanzos, lentejas o porotos con pilco, seguidos por pollo con ciruelas, carne al horno, humitas, pulpa con arroz y papas mayo, o su célebre cazuela de cerdo con chuchoca.
El postre —aunque cueste llegar a él— aporta la nota dulce final: macedonias, helados de bocado, leches asadas y arroz con leche se repiten en el menú.


En el restaurante, entre las siete mesas con manteles, el piso rojo impecablemente encerado y una tetera de hierro sobre la chimenea, el ambiente cobra vida. Calabazas cuelgan del techo, la radio local suena de fondo, y en una esquina, los reconocimientos de Juvenal González Sánchez —el padre de Richard— evocan sus días de gloria en las canchas de la zona. Se leen palabras sobre “un jugador del recuerdo” con “coraje, entrega y humildad”. Acompañan estos recuerdos fotos en blanco y negro de equipos y recortes de diarios de otra época que, más allá de retratar su figura, invitan a imaginar la historia de un pueblo y de las generaciones que, de una u otra forma, siguen habitando este comedor.
¿Extras? Claro que sí. Fuera de la carta y del menú diario, se puede pedir por sí solo platos de arrollado, lengua o pernil. Hay papas fritas caseras, ¡cortadas a mano! También hay opciones de fondo como el costillar de cerdo con puré, chuletas, pechugas de pollo o lomos a lo pobre, con precios que van entre 12.000 y 14.000 pesos.
El Rancho Cunaquino. Ignacio Valdés s/n, Cunaco. Martes a domingo, entre las 12.00 y 17.00 horas. Cuentan con patente de alcohol, estacionamiento y wifi. No tienen redes sociales, pero sí teléfono +5627285 8305 o al +5699435 6517


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